El arte de engañar – Claudio Fermín

Chávez creó una gran expectativa de cambio a finales del siglo pasado. Emergió a la escena política con un golpe de estado. Reorientó sus acciones abandonando la búsqueda del poder por la vía violenta y organizó un movimiento político. Cambió su papel de golpista por el de candidato. Ofreció que de ganar las elecciones millones de venezolanos saldrían de la pobreza. Se comprometió a construir una sociedad democrática desde el gobierno.

Todo cuanto el ciudadano debía hacer era votar por él. Aunque el 40% de los ciudadanos inscritos para votar se abstuvo en esas elecciones de 1998, Chávez logró convocar y convencer a 3.673.685 venezolanos y ganó por amplia mayoría.

Desde entonces el país espera por los cambios prometidos. Hoy la pobreza hace estragos en una población que ni siquiera encuentra comida para llevar a sus casas. La producción de alimentos se ha venido al piso y el alto costo de la vida es un escándalo. La moneda no vale nada y al momento de escribir esta nota para comprar un dólar ($1) usted debe desembolsar 3.220.598 bolívares. El sistema de justicia está hundido en el retraso procesal. Los servicios públicos están desmantelados y en barrios, urbanizaciones y vecindarios de toda la geografía nacional el agua llega a cuentagotas, el gas es una calamidad, al igual que el alumbrado público y el transporte público de pasajeros.

Larga es la lista de promesas incumplidas por parte de quienes alcanzaron el poder en 1999. Ya tienen veintitrés años en el gobierno y la más dolorosa de las consecuencias de esa gestión ha sido la huida en estampida de millones de venezolanos que buscan en otras tierras la vida que no encuentran en la suya.

Después de haber ganado las elecciones en 1998 dijeron que eso no era suficiente. Sometieron al país a una nueva expectativa, la del cambio total de la Constitución de 1961. Sin duda que reformas constitucionales eran necesarias. Mucho había cambiado Venezuela desde 1961 a 1999, pero en vez de reformas puntuales optaron por el maximalismo discursivo que tanto beneficio da comunicacional y políticamente: había que cambiarlo todo. Se empleó el primer año de gobierno en ese cometido. Se aprobó en referendo la nueva Constitución de 1999 y cuando el país esperaba los resultados de esa absorbente e intensa jornada política, se le dijo que todavía no se podían lograr los cambios, que ahora hacía falta ir de nuevo a elecciones para “relegitimar” los poderes.

¿Cómo era eso? Ya Chávez había ganado las elecciones. Ya estaba de Presidente y había designado ministros. Ya estaba en vigencia una nueva Constitución. ¿Qué más hacía falta? Crearon entonces una nueva expectativa, era necesario elegir nuevos gobernadores, alcaldes, diputados y concejales de acuerdo a la nueva Constitución. El pueblo, todavía emborrachado por las altas expectativas de cambio, asintió.

Se hicieron esas elecciones y el PSUV pasó a tener todo el poder, a controlarlo todo. Ahora si vendría el cambio. Pues no. Era necesario, decían, aprobar la reelección indefinida, aunque ya habían aumentado el período presidencial de cinco a seis años y habían impuesto la reelección inmediata del Presidente, antes inexistente. ¿Ahora si vendrían los cambios? No todavía. Aunque todo lo controlaban y tenían mayoría parlamentaria, dijeron que era necesario darle poder al Presidente para legislar y así lo hicieron por diez años con las leyes habilitantes. Después cambiaron el procedimiento aprobando períodos de emergencia económica que les permitían igualmente concentrar el poder de tomar decisiones.

Han creado expectativa tras expectativa. Ahora nos dicen que nada de eso era suficiente, que para lograr los cambios a favor del pueblo necesitan una ley de ciudades comunales, que esa es la manera de que el pueblo tenga el poder. ¿Quién lo ha ejercido entonces hasta ahora estos últimos veintitrés años?

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