¿Vale la pena gobernar así?

Enrique Ochoa Antich

por Enrique Ochoa Antich

A mis amigos maduristas

Ella se acomoda frente a mí. Percibo perturbación en sus gestos, como si no se sintiese a gusto en la mullida poltrona de este hotel caraqueño a los pies del Ávila. La conozco desde hace años. Compartimos luchas y sueños allá por nuestros años mozos. Ahora forma parte de eso que llaman la nomenklatura del régimen político chavista-madurista.

Mirándola a los ojos, le espeto esta cuestión:

¿Vale la pena gobernar así?

Lo que le digo podría decírselo a Maduro, Cilia, Delcy, Jorge, Aristóbulo, Farías, Menéndez, Jaua, Earle, Tarek, Amoroso, y a tantos otros, incluso a Diosdado, con quien he tenido feroces combates verbales.

Mi razonamiento es simple pero, creo, incontrovertible como una roca: vistas las sanciones gringas que aprietan el cuello de la república como la soga de un ahorcado; constatada la terca resolución de una oposición extremista tutoreada desde el Departamento de Estado de hacer ingobernable al país con la ilusión de que el caos hará que el gobierno se desplome por su propio peso; habiendo ustedes acorralado, abuso tras abuso, atropello tras atropello, a la oposición democrática, una parte de la cual ha sido empujada en los brazos del extremismo y otra restringida en su acción e invisibilizada; siendo un hecho el desconocimiento del gobierno de Maduro por parte de 15 de los 20 países más desarrollados y prósperos del planeta; colocado el madurismo en una pura y patética acción defensiva, ¿puede hacerse algo que al menos se asemeje a una gestión de gobierno? Parece claro que éste de los apagones, sin agua, de las enfermedades sin cura, con la economía hecha pedazos, donde sus ciudadanos más que vivir sobreviven a duras penas, será el país que tendremos mientras Maduro sea el presidente de un gobierno que ya no es. Puede mantenerse tercamente en él y a duras penas (si es que los gringos no invaden), y al coste de la devastación del país, pero así… ¡¿para qué?!

Mi querida amiga “revolucionaria” agita en mi cara sus desgarradas banderas rojas: echa mano de consignas patrioteras, habla del pueblo como una entelequia, busca coartadas donde ya no las hay. Al final, me quita la mirada, parece observar el cerro inmenso como si en sus verdes cambiantes a esta hora de la tarde pudiera encontrar las respuestas que ya no tiene, alguna letanía marxista-leninista, una frase de Fidel, algún conjuro chavista que mágicamente la saque, los saque a todos ellos, de este lodazal de contradicciones y mentiras en que se han sumido. Será inútil.

Yo le digo que la única verdad tangible es que se están achicharrando en el poder, dilapidando el poco capital político que les queda. Allí están, como la pendiente espada aquélla, el riesgo de un colapso total de la nación, la posibilidad de una rebelión popular, la amenaza de una masacre que los condene aún más ante la historia, y la probabilidad de una intervención militar extranjera gringo-colombo-brasileña que los eche a tiros del poder.

La pregunta que deben hacerse es:

¿Van a persistir en su absurdo y desfasado empeño perpetuacionista al precio que sea, o están dispuestos a permitir que funcione, a dejar de obstruir el funcionamiento de la alternabilidad republicana? Refiero tangencialmente a la fallida ilusión del reich de los mil años. Y reclamo que el chavismo y el madurismo salden la deuda intelectual que tienen consigo mismos de incorporar a su patrimonio doctrinario la idea de la normalidad democrática que es, que debe ser el cambio de gobierno, el desplazamiento en los gobiernos de las izquierdas por las derechas… y viceversa, de modo de lograr hacer de la democracia el gobierno de todos y de encontrar así un equilibrio entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la democratización de la riqueza.

Sostengo desde hace años que la historia del fenómeno chaviano es la historia de una contradicción esencial: la contradicción entre su origen histórico democrático: elecciones de 1998 (rectificación de la vía golpista e insurreccional del 4F), encarnación de las aspiraciones democráticas de los 80 y 90 que en parte coagularon en el texto de la Constitución de 1999, protagonismo popular, por un lado; y, por el otro, su vocación totalitaria propia del pensamiento comunista, espoleada por la influencia cubana. La decisión que la élite madurista tiene entre sus manos es la de cómo resuelve esa contradicción: si por la vía democrática, es decir, aceptando salir del gobierno por el voto pero compartiendo el poder y prepararse para procurar regresar a él más adelante; o si por la vía dictatorialista, restringiendo derechos, apelando a más represión, convirtiéndose (como terminó ocurriendo con todos los comunismos, incluído el cubano) en un régimen policial.

Ella guarda silencio, como si barruntara cada una de mis consejas. Se pregunta qué le dirá a Nicolás de esta conversa conmigo.

Propongo que el chavismo-madurismo regrese a la calle, que vaya a las duchas un rato (para usar las palabras que en su momento Cabrujas dedicó a AD y COPEI, le recuerdo), refrescarse al calor del pueblo, refundar su proyecto, agiornarlo, y, si hacen las cosas bien, prepararse para volver en pocos años (que no faltarán los errores del nuevo gobierno, que las medidas económicas necesarias no serán todas precisamente populares, y que tendrán siempre el estandarte de la disputada memoria de Chávez, el último caudillo del siglo XIX, al menos eso que aún queda de equívoco en ella, aunque cada vez sea más claro que esta catástrofe madurista hunde sus raíces en él).

¿Cómo?, me pregunta, refugiándose en su bufanda palestina, nerviosa como un potro del gran Nufud. Dice que si lo que la oposición les ofrece es el exterminio, su desaparición hasta como núcleo social …y Guantánamo, prefieren, y no les falta razón, convertir a Miraflores en trinchera e inmolarse en palacio.

Cogito que poco sentido tiene abismar al país hacia el barranco absurdo de esa confrontación violenta (más violenta de lo que ya es) y desprecio en voz alta la supina irresponsabilidad de quien, abusando del azaroso liderazgo que cayó en sus manos, llega al exceso de aupar a las multitudes con la criminal prédica de que a los venezolanos no nos importa una guerra civil: “¡Que lo oiga el mundo entero!”, dice el demagogo. Yo me digo una y mil veces: sí, quiero que Maduro se vaya ayer, pero el cómo me importa.

Ya en las postrimerías de la conversa, explico a mi amiga madurista lo que creo son los pasos de un cambio en paz:

• Mostrar gestos unilaterales de buena voluntad, la libertad de todos los presos políticos, por ejemplo.

• Conversar y negociar, gobierno y oposición u oposiciones, Poder Ejecutivo y Poder Legislativo, Estado y sociedad.

• Nuevo CNE designado por consenso entre el TSJ y la AN.

• Convocar por iniciativa conjunta de gobierno y AN, un referendo consultivo que consulte al soberano si quiere una relegitimación de todos los Poderes Públicos nacionales mediante elecciones generales.

• Acordar previamente un pacto de gobernabilidad post-referendo que no sólo asegure los derechos políticos de los maduristas sino su permanencia, una vez que salgan del gobierno, en el Estado (TSJ, F.A., etc.), es decir, compartiendo el poder.

• Designar un gobierno de emergencia y unidad nacional entre el referendo y las elecciones generales designado por las 4/5 partes de los diputados electos a la AN en diciembre de 2015.

Ella toma nota aplicadamente en una pequeña libreta roja. Luego quedamos en llamarnos y nos despedimos con un beso afectuoso.

Al volante de mi vehículo, rodando por la autopista bajo esta luna creciente de abril, fortalezco mis convicciones dialoguistas evocando como siempre los ejemplos luminosos de Mandela y De Klerk, de Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, de los demócratas y los militares chilenos, de los comunistas y los disidentes al otro lado de la cortina de hierro, de Chamorro y los sandinistas, y espoleado por ellos, alimento mi saludable y espero que no ingenua esperanza de que un día de éstos, los moderados y prudentes de ambos polos, aislando a sus respectivos extremismos, puedan darnos a los comunes de esta tierra de gracia (o de desgracias) la buena nueva de que por fin la persuasión y la razón sustituyeron al insulto y a la amenaza y de que, más sobre el consenso que sobre el disenso, comienzan los días de una nueva Venezuela de tolerancia, respeto, unidad, y libertad y progreso para todos.

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